domingo, 17 de febrero de 2008

Biografia de Miguel-2003

Estoy muerto, y pervivo, como una semilla caída a la tierra. Setenta y un años hace, cuando nací, mis padres vivían en Viña. Roy nos alentaba a ser prácticos. Dirigía la Compañía Chilena de Tabacos. Nos puso a sus hijos un profesor de carpintería, que también daba clases a los trabajadores de la fábrica. Tenía ordenado a sus empleados domésticos dar de comer a quienes llegasen a pedir. Por Mary, mi madre, conocí la fe, la música, las letras, el sentido del humor.

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Después de Viña y de Santiago, fui enviado a los quince años a un internado dirigido por benedictinos en Inglaterra. A los 18 inicié los 4 años de ingeniería, aunque ya se aclaraba mi vocación: sería tal vez monje contemplativo. Al fin, pedí ingresar al clero secular en Chile. Pues aquí nací y me crié y faltaban sacerdotes.

19 54-1961 Seminarista

Empecé en Santiago, desde el 54, los siete años en el Seminario. Leía en vacaciones la historia de Chile. Me interesaba la formación de laicos. Llegué a admirar a Roberto Romero, un ex-obrero que califica-ba a sus compañeros seminaristas como intelectuales burgueses. Me tocaba visitar casas de familia. “antes que hablar de Dios hay que ganar la confianza de la gente de la casa, interesarse realmente por sus problemas (...) este es un camino natural y humano de hacer apostolado”. Decidí desprenderme de todos mis bienes materiales. Alberto Rencoret, el Rector, predicaba la encarnación de Cristo en los pobres: vivir con y entre los ricos era un escándalo. Su sucesor, Carlos González, era miembro de una fraternidad que valoraba el compañerismo, el apoyo mutuo, la sencillez de vida, el compartir la experiencia y formar equipos de vida.

El Obispo Raúl Silva me ordenó sacerdote en la Catedral de Valparaíso. Era 1961. Ahí estaba la familia Woodward. La Catedral rebosaba de pobladores con quienes habíamos hecho trabajo pastoral.

19 61-1963 Instituto de Catequesis

Seguí aún un curso de dos años de catequesis en Francia. Descubrí una nueva teología. Aproveché de visitar a mi familia en Londres: ya le parecía yo un extraño. Pues le era ajeno el camino que escogí: el del compromiso con las mayorías desposeídas bajo la riqueza y el poder de una minoría nacional y bajo el dominio de los gobiernos y capitales norteamericanos.

1963-1966 Asesor

El compromiso del obispo que hallé al regresar el año 63, Emilio Tagle, era contra el uso del bikini, y a favor de la misa, la obediencia al Papa y la devoción a María, a la cual declararía más tarde gestora del golpe de Estado. Mis primeras tareas fueron de asesoría de varios grupos: profesionales, familias, catequistas, universitarios. Pero busqué también un grupo de apoyo. Lo encontré en el de Luisa Celedón, de la Católica. Habían visto la miseria en los cerros, y querían hablar de esto en términos prácticos.

Con el apoyo de la jerarquía católica y de la derecha y con los fondos y ayuda técnica de la CÍA y otras agencias estadounidenses, un gobierno demócrata-cristiano tomó por seis años la dirección del país.

1966-1969 Peña Blanca

Fui enviado a Peña Blanca el año 66. Llevaba la intención de visitar a la gente en sus casas o lugares de trabajo, y de preguntarles por sus dificultades, en vez de esperarlas tras el escritorio parroquial.

Con un grupo juvenil reparábamos mediaguas en las afueras de Villa Alemana. Pasamos una semana en Hierro Viejo, pueblo minero, conociendo a la gente, muy pobre, organizando juegos para los niños. Animaba al grupo a revisar lo hecho en el día y a comentar sus impresiones. Partimos un verano Quintay, pueblo de pescadores. Los jóvenes tenían libre uso de las dependencias de la parroquia. Esto produjo envidias.

El grupo limpió terrenos en Los Molles, visitó a los campesinos, descubrió que los sueldos se pagaban en forma de créditos para un almacén, y también para un bar, que eran del mismo dueño del fundo. Comenté a los campesinos los peligros del bar. Dije al dueño que el sistema era una forma de explotación y que celebraría misa en el fundo los domingos – como él quería – sólo si los campesinos lo deseaban, pero no en la capilla al lado de la casa patronal, sino en el centro deportivo.

Las bromas entre todos los jóvenes eran frecuentes, en especial si uno tiene grandes pies y un metro noventa... Pero en los campamentos podía desquitarme desatornillando las tuercas que afirmaban las camas... “Contento, Señor, contento”.

Me negué a bendecir un almacén que robaba a los pobres. Esto me valió ser acusado ante el Obispo. Pusimos el altar al centro del templo e introdujimos la misa folclórica. Algunos mayores se sintieron molestos.

Entre las preocupaciones de los pobladores y aquellas del Obispo y de la jerarquía eclesiástica había un foso. Muchos sacerdotes que trabajábamos con pobladores y obreros entendimos que sólo luchando por metas y valores socialistas se podría ser cristiano. Nos unimos al movimiento nacional “Cristianos por el socialismo”. 23 sacerdotes de Valparaíso firmamos nuestra dimisión de las responsabilidades exigidas por el Obispado.

1969-1973 Cerro Los Placeres

Abandoné entonces la frontera de la clase media. Me trasladé al cerro de Los Placeres, primero a Villa Berlín, donde Pato Guarda y Willy Avaria. Empecé a trabajar en Las Habas. Fabricaba piezas con el torno. Intrigados, mis compañeros me gastaban bromas. Llegaron a confiarme sus dificultades. Me eligieron para el Comité de Producción.

Con Norma y Víctor interpretábamos en el Cerro los Evangelios a la luz de la experiencia de vida en el barrio. Veíamos el cristianismo no como religión, sino como un modo de vivir. Meditábamos sobre el trabajo diario en el hogar, y sobre la preparación de la comida desde el trabajo de los cultivadores. Un texto favorito decía: ”(...) con tus hechos, oh Señor, me alegras (...) si florecen todos los agentes del mal, es para ser destruidos para siempre (...) Florece el justo como la palmera, crece como un cedro del Líbano (...) todavía en la vejez tienen fruto (...) no hay falsedad en el Señor.”

Estaba contento en Las Habas el año 71. Pero acepté un puesto de profesor para obreros en la Universidad Católica. Así compartiría con un sector más amplio de ellos, en Valparaíso, Quillota y La Calera. Se trataba de que los trabajadores conocieran y participaran en el manejo de sus industrias.

Tres estudiantes se unieron conmigo en Los Placeres. Nos hicimos pobladores entre miles de otros en la punta del cerro, en Progreso.

En el compromiso con los pobladores y la tarea de transformar la sociedad poco o nada se puede lograr solo. Pero el amor debe ser eficaz. Nos unimos entonces a obreros, pobladores, campesinos e intelectuales en el Movimiento de Acción Popular Unitaria, el MAPU. La lucha desinteresada de quienes se declaraban marxistas no religiosos les hacía más cristianos que muchos supuestos cristianos, avaros y protectores de sus privilegios.

El sacrificio ofrecido en la Misa era la labor del día; la comunión era el compartir la comida, el trabajo, y la comunicación con los vecinos y con los compañeros de trabajo.

A veces llegaba después del trabajo con vienesas y huevos, donde Lucho Rodríguez. Este vecino pidió une bendición para su nueva casa. Nos sentamos, sin ceremonias. Insistí en que teníamos que ser lo que sentíamos. Cada uno, padres e hijos, dijo lo que sentía. Cuando dijeron lo contentos que estaban, dije que podríamos dar gracias a Dios por ello. Esa fue la bendición.

El salario era mayor que mis necesidades. El exceso servía para pagar pequeños trabajos a quienes una distribución aún injusta de las riquezas les negaba lo necesario.

Para el terremoto del 71 nos tomamos con un grupo de los sin techo una zona abandonada más arriba de Progreso. Varias veces, porque la policía nos echaba. Hubo al final 15 campamentos.

En una asamblea de todos los trabajadores de Cemento Melón, un adulto mayor se paró y comenzó diciendo: “He trabajado aquí durante cuarenta años. Esta es la primera vez que hablo. Quiero hablar de mi trabajo: me doy cuenta de lo importante que es.” Myrta Crocco notó que los ojos se me llenaban de lágrimas.
La Junta de Vecinos de Progreso me eligió para presidir la Junta de Abastecimiento y Precios de la población: se trataba de asegurar una justa distribución básica, combatir el acaparamiento, el mercado negro, la escasez provocada por los camioneros en huelga. A las cinco de la mañana recogíamos en Valparaíso la carne para asegurar su parte a las 570 bocas de la JAP. Denuncié en público abusos de comerciantes. Fui elegido después para presidir todas las JAP del Cerro. No reaccionaba con ira si alguien me insultaba, sino que les decía a los compañeros: “déjenlo tranquilo, lo que pasa es que no entiende todavía”.

El General Bachelet, por cuenta del Gobierno, hablaba de incluir autos y refrigeradores en la canasta popular. Era mediados del 73 en el teatro Velarde. Alegué desde la platea que la canasta debería incluir sólo los productos diarios al alcance del obrero. Se produjo mucha tensión.

Es probable que este compromiso con las JAP contribuyera a que el Obispo Tagle me suspendiera del ejercicio del sacerdocio. Pero yo sabía que una vez que se es cura, siempre se es cura. Cuando entras al servicio de Dios continúas hasta la muerte.

No era entonces el momento de leer artículos de la Iglesia oficial, que sólo daba la opinión de los ricos, sino de vivir el evangelio en las circunstancias presentes.

Pero había ocasión para las bromas con los niños en el Cerro. “¿Qué tal el aire allá arriba?”, me preguntó uno. “Muy bueno. ¿Y... qué tal allá abajo con las hormigas?”

Pero aún vivía yo, poblador, trabajador, al borde de los matrimonios y las familias de los demás. La vida de casado de Pato Guarda había sido un ejemplo positivo. Deseé casarme. Conocí a Silvia. Anunciamos nuestro compromiso en enero del 73. El noviazgo prepararía para el matrimonio. La fecha en el Civil quedó fijada para el sábado 15 de septiembre y el sábado 18, en una fiesta, Pepo haría una bendición.

El día del golpe y los siguientes visité amigos y compañeros. Alojé donde Javier, donde Georgina. Pensé si no sería más útil uniéndome a los trabajadores en Santiago. Estábamos abatidos, confundidos, preocupados por los compañeros. En cuanto a mí, todo el mundo sabía cómo vivía, no cometí acto alguno de violencia, nunca infringí la ley: pensé entonces que no tenía nada que ocultar ni temer.

Supe que Infantes de marina allanaron después mi casa, identificada por un comerciante del sector, y que volvieron regularmente a buscarme.

El domingo siguiente al golpe se layó una carta del Obispo Tagle en todos los templos de la diócesis. En ella atribuía a María la gestión del golpe, por intercesión de los militares.

La mañana del viernes 21 los profesores de la Católica nos reunimos con el Rector. No veía yo motivos para seguir alojando fuera de casa. Regresé a ella. Un vecino me ayudó a reparar destrozos.

22 de septiembre del 73: Arresto, martirio y muerte

Pasó la medianoche. Alguien alertó de mi regreso. Estaba solo. Todo el mundo dormía en el vecindario. “Entonces llegó un numeroso grupo armado de espadas y de palos, enviados por los jefes de los sacerdotes y por las autoridades”. Golpeándome, me detuvieron. Logré despedirme de Olga, una vecina.

Me llevaron al Lebu, un buque ofrecido a la Armada por la Compañía Sud-americana de Vapores. Había cientos de hombres y mujeres en sus bodegas. Fuimos interrogados bajo golpes y descargas eléctricas. Los tenientes Yussef, Rebolledo y Morera bien lo saben.

Me trasladaron entonces a La Esmeralda. Su capitán era Jorge Sabugo Silva. Jaime Román Figueroa estaba a cargo del buque. Ya habían pasado por allí Rosa, Sergio, María Eliana, Maximiliano, Ariel, Lucho,
más de 40 hombres y más de 82 mujeres, todos torturados y vejados, las mujeres violadas. El Tte. Rodríguez podría describirlo. Fui nuevamente interrogado y torturado. Entre vendas y gritos, entre civiles y marinos, entre gritos y descargas y endometrios destruidos. No delaté a ningún compañero. Mis órganos internos estaban rotos. Subí como sacerdote al altar del sacrificio. Unida a la de miles de hermanos martirizados en Valparaíso, El Belloto, Colliguay, Puchuncaví, Talcahuano, isla Dawson y a lo largo de todo el suelo patrio, se derramaba también mi sangre; era la consecuencia y testimonio definitivos del compromiso de vivir en medio del pueblo, como él y para su liberación de toda forma de opresión. Agonicé sobre la cubierta. Llegué muerto al Hospital Naval, alrededor de las 8 de la mañana del sábado 22.

El Dr. Costa Canessa certificó que la causa de mi muerte fue un T.E.C.. Y que fallecí en la vía pública. El capellán del Hospital Naval, Eduardo Stangher aseguró que yo había muerto de un ataque al corazón. Y que mi cara parecía normal. Y el Capellán Mayor de la Armada de Chile, Gustavo Adolfo García, de los Sagrados Corazones, aseguró (19 años después) que yo había muerto dirigiendo una banda de terroristas en un tiroteo callejero.

El mismo sábado 22, por la tarde, “La Estrella”, de la empresa El Mercurio y bajo revisión de la Armada, publicó un informe salido de un portavoz naval: afirmó que yo estaba aún detenido en La Esmeralda, que participé en varios atentados contra carabineros y que había violado a un número de muchachas aún no determinado. Monseñor Jorge Sapunar afirmó días después: “todo lo que ha hecho Miguel ha salido en la prensa”. La Armada niega sin cesar hasta hoy haber torturado a nadie ni haber utilizado La Esmeralda como centro de detención y tortura.

Las autoridades de la jerarquía eclesiástica en Valparaíso negaron tener responsabilidad respecto a qué hacer respecto a mi cadáver y ninguna quiso comprometerse. Una religiosa belga de Los Placeres y Silvia reclamaron mi cuerpo. Les fue negado. Silvia y Myrta Crocco recurrieron al Vicario General de la diócesis, Monseñor Jorge Bosagna, después profesor de moral en la Universidad Católica, quien se rió con tales grandes carcajadas cuando supo que Miguel había muerto, que Silvia aún hoy no puede apartarlas de su mente. La misma risa que Pepo escuchó durante su propia interrogación y tortura algún tiempo después.

Contra la ley, la Armada arrojó mis restos a esta fosa común.

Post mortem

Las sucesivas autoridades del Obispado, el cual puso sus archivos privados a disposición de la Armada, nunca hasta hoy han tratado de rectificar la versión dada por “La Estrella”. Mi hermana Patricia pidió información a Bosagna en el 83. No recibió respuesta. El 86 vino a Valparaíso, pero el obispo Tagle no quiso recibirla. El 87 escribió a Monseñor Sapunar. No obtuvo respuesta. Insistió. Sapunar aseguró que la contactaría al tener información. Pero en los 16 años siguientes, no ha recibido noticia alguna del Obispado.

Los sucesivos jefes de la Armada, Martínez, Arancibia y Vergara, los sucesivos capitanes de La Esmeralda, desde Sabugo al actual José Romero, y hasta embajadores del gobierno, han reiterado que jamás se torturó ni en La Esmeralda ni en ningún recinto naval. Esto contradice las conclusiones de la Comisión Rettig, creada por el mismo gobierno. Pero los sucesivos gobiernos, Alwyn, Frei, Lagos, no han hallado apropiado exigirles que se retracten.

Las autoridades católicas han dicho misa con frecuencia en el navío, han participado con los comandantes en jefe en ceremonias litúrgicas, una se llamaba “la renovación de la consagración de la Armada al Sagrado Corazón de Jesús y al inmaculado Corazón de María”.

El Obispo Duarte se preocupó en el 99 de pedir entre el clero un informe sobre mi muerte. El 2001 Patricia le pidió copia de la información pedida. No recibió respuesta. Insistió. Consta que al menos un sacerdote entregó información. Pero Duarte negó haberla recibido. Entre tanto, el Primado de Chile afirmaba: hoy ya nadie se preocupa por las mentiras contadas sobre Miguel y, por lo demás, en Chile hubo pocos muertos.

La jerarquía católica chilena –excepciones aparte- no ha rectificado las falsedades dirigidas contra tantas víctimas de la represión militar ni ha tratado siquiera de restituirles su dignidad.

Patricia entabló una querella en Valparaíso, en enero del 2001. Ello se suma a un sumario abierto en España y a acciones del Parlamento inglés. Escribió varias veces al Presidente Lagos. No ha obtenido ninguna contestación. Los presidentes han despedido con solemnidad cada gira de La Esmeralda. Lagos la despidió el reciente 6 de abril como “embajadora de todos los chilenos”. Dijo: “al zarpar Uds. nos podemos también, todos los que aquí quedamos, sentirnos orgullosos de la embajada que va con cada uno de ustedes.”

Los crímenes perpetrados en La Esmeralda permanecen en completa impunidad. Desde abril, manifestaciones de protesta en cada país de su itinerario original la han obligado a cancelar su visita a cuatro naciones y la han recibido en cada puerto de arribo.

Pervivo. En el camino, junto a la roca y de cara a la inmensidad. Entre los pobladores del Cerro de Los Placeres y los trabajadores de La Calera. En cada gesto eficaz que busca servir una necesidad concreta de los pobladores, de los campamentos, de los cargadores de fruta en el Puerto, de los obreros de Cemento Melón.

No me conmemores aquí. Hay sólo huesos bajo esta tierra. Huesos de
zapateros, de lavanderas, de pescadores, de indigentes, mendigos y rotos. Huesos del pueblo con quien viví y amé. Compartí su pasión. Me anudé en su muerte. Pueblo que, sin embargo, pervive: vive hoy mismo junto a ti. Huesos quemados por el ácido enviado por quienes odian al pobre y buscan no la reconciliación, sino la sumisión, huesos separados de los huesos arrojados al mar por las máquinas excavado- ras de quienes, no soportando la luz, se recrean en la mentira.

Déjame más bien acompañarte en cada acción útil que, enhebrada a otra acción útil, tienda a descender de la cruz al crucificado, a aportar a tus pobres trabajo digno y pan, unidad solidaria y poderosa, verdad y no olvido, alamedas de justicia y no de impunidad: instalar una cañería de agua potable en el campamento, trasladar una carretilla con ladrillos en la población, instalar luz en la toma de Las Palmas, hacer clases a las trabajadoras de los parvularios, formar un sindicato, solidarizar con los huelguistas de la salud. Convivir en la Palabra. Hasta la reunión de los resucitados en la casa del Padre. Sin olvidar una sonrisa. A propósito, ¿Me preguntabas cómo está el aire aquí arriba?

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sábado, 16 de febrero de 2008

BIOGRAFIA BREVE


Miguel Woodward Yriberry
Sacerdote
Nació en Viña del Mar, en 1932, de padre inglés y de madre chilena. Se ordenó sacerdote. Optó por vivir entre los pobres.
Fue párroco en Peña Blanca.
Fue sacerdote obrero, trabajando en los astilleros del Puerto. Fue profesor para trabajadores en la UCV y en La Calera.

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Construye una casita en calle Buenos Aires, en la población Progreso del Cº Los Placeres. Ahí es poblador desde 1971. Elegido presidente de las juntas de abastecimiento y precios del Cº.
Fue detenido por una patrulla naval en su casa el 22 de septiembre de 1973 y conducido al buque Lebu, y luego a La Esmeralda. En ambos fue torturado. Al amanecer de ese día Miguel muere sobre La Esmeralda. La Marina se negó a entregar su cuerpo y lo echó a una fosa común del cementerio de P. Ancha.
El cura y compañero Miguel murió como Cristo, amando y sirviendo a los pobres.
En octubre del 2004 se ha puesto la primera piedra de la “Plazoleta Miguel
Woodward”, junto a la que fue la casa de Miguel en Cº Placeres.
Hay una querella en proceso para identificar y castigar a todos los responsables de su asesinato.
La Armada no ha pagado aún esta deuda pendiente hoy, ni hacia Miguel, ni hacia todos los torturados en todos sus recintos.

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TESTIMONIO DE WILLY AVARIA

TESTIMONIO DE WILLY AVARIA
para la conmemoración del 21/10/03
Una tarde de verano estaba yo en mi trabajo en Corhabit. Un hombre y una mujer jóvenes se acercaron a preguntarme si sabía de alguien que arrendara una casa por el fin de semana. Todas las pensiones estaban copadas. No me quedó más remedio que ofrecerles la casa que compartíamos con Miguel. Fuimos al cerro Los Placeres. Les gustó la casa. Decidieron quedarse.

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Cuando llegó Miguel le conté lo que pasaba. No me dijo nada. Pero fue donde ellos y les pidió documentos que atestiguaran el matrimonio. No tenían. Miguel les pidió cortésmente que abandonaran la casa. Este hecho retrata de cuerpo entero moral y espiritualmente al hombre que era Miguel.
Hace 2000 años alguien habló, con toda seguridad, en un cerro parecido a ese, que serían bienaventurados los pobres, y los que tienen hambre y sed de justicia y los que dan la vida por sus amigos.
No sé si clamar al cielo o a la tierra por ti, Miguel Woodward.
Lo único que sé es que aquí, en esta fosa común, están tus huesos, santificados por el pueblo que amaste en la tierra y malditos por tus verdugos que te azotaron sin piedad.
Dime, Miguel, cómo es el cielo y si hay floreros, para que mi esposa te mande un ramo de flores.
Miguel, recibe con cariño el abrazo fraterno de este pueblo tuyo, que hoy te recuerda, inolvidable, en esta ceremonia.

Amén.

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viernes, 15 de febrero de 2008

FÁBULA DEL RATÓN Y LA JIRAFA


Las jirafas tienen el cerebro a tres metros del corazón. Separan los sentimientos de los pensamientos por razones de altura. Los ratones, sin embargo, son pequeñitos y escurridizos. Tienen el corazón y la cabeza tan cerca, tan cerca, que es difícil distinguirlos. Los ratones nunca saben si piensan lo que sienten o sienten lo que piensan, pero no se interesan por las ecuaciones.

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Aparecen y desaparecen por arte de magia y de sangre que nunca se sabe dónde está. Arriba o abajo. En el latido o en el calambrillo exacto de alguna neurona loca. Allí encierran paisajes azules como los bosques que hay al norte de esta isla y que todos olvidamos en nuestras vidas de jirafas cuellilargas y pensantes. El corazón de las jirafas pesa doce kilos y medio BOM BOM BOM. Pero los ratones tienen corazones ligeros tictac tictac para que no les pese ir de un sitio para otro apresuradamente, ni bombear las emociones tan rápido que se escapen siempre de las razones y la sensatez. El cerebro de las jirafas se siente tan solo que ha olvidado ordenar sonrisas. Pero el ratón sonríe porque se sabe siempre tan acompañado por un latido levadizo que le lleva de la mano al recuerdo de los bosques de los que procede. Y por eso no tiene que agachar la cabeza para acercársela al corazón.
Juan Bonilla

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EL VIOLIN DE PAGANINI


Cuentan que en una ocasión actuaba ante un auditorio repleto de admiradores. Su intervención fue soberbia y las notas emergían del violín con una belleza incomparable.
De pronto, una de las cuerdas del violín de Paganini se rompió. El director se detuvo; la orquesta paró; el público esperó. Pero Paganini continuó extrayendo milagrosos sonidos del violín Guarnerius. El director y la orquesta, admirados volvieron a tocar. Todos pensaron que era un artista sobrenatural.


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Al poco, otro sonido extraño interrumpió el ensueño de la platea. Otra cuerda rota en el violín de Paganini. El director paró de nuevo. La orquesta también. Paganini siguió, como si nada hubiera ocurrido, arrancando sonidos imposibles. El director y la orquesta absolutamente impresionados retomaron la partitura. Aún faltaba lo mejor. Una tercera cuerda del violín de Paganini se desgarró. El teatro entero dejó de respirar. Pero Paganini prosiguió. Como un acróbata musical, arrebatando mágicamente todas las notas de la única cuerda remanente de aquel desbaratado violín.

Lo cierto históricamente era que el virtuosismo de Paganini embelesaba a todos. Podía interpretar obras de gran dificultad únicamente con sólo una de las cuatro cuerdas de violín (la de sol, retirando previamente las otras tres, de modo que no interfirieran durante la actuación), y continuar tocando a dos o tres voces, de suerte que parecían ser varios los violines que sonaban. Tanto asombraba al público de la época su técnica, que se llegó a rumorear que existía algún pacto diabólico en su famoso instrumento de cuerda, hoy recogido en el Museo de Génova.

Además de sus gestas y de su música, el genial violinista nos legó una lección de profesionalidad, que persevera hasta el final, como en la fábula del concierto con una sola cuerda. La vida nos va retirando recursos gradualmente a todos: algunos abandonan pronto, pero otros despiertan el Paganini que todos llevamos dentro y siguen adelante sin rendirse nunca. Victoria es el arte de continuar, cuando otros resuelven desistir.
LA GLORIA DE PAGANINI PROVIENE DE SER EL PARADIGMA DE QUIEN PERSISTE ANTE LO QUE PARECE IMPOSIBLE.
Mikel Agirregabiria Agirre

Fuente: http://laithdarant.blogspot.com/2006/09/el-violn-de-paganini.html

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