domingo, 22 de noviembre de 2009

La guerra contra el mapuche o la increíble historia de la democracia terrorista

Tito Tricot

En la profunda oscuridad de los ojos del lonko de Neltume se dibujaba una tristeza de siglos. Es como si llevara a cuestas el dolor de su pueblo en aquella mirada oscura, pero de una ternura tan abrumadora que desnudaba el alma y el corazón se te arremolinaba en la garganta, aunque no quisieras. Y uno no sabía si abrazarlo para pedirle perdón por todos los crímenes del Chile racista, o guardar un silencio de muerte hasta que las lágrimas brotaran solitas de pura pena.


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Pero, en su inmensa generosidad mapuche, aquel anciano nos regaló una sonrisa antigua y en ese mismo instante un choroy sobrevoló el cerro en un fulgente vuelo. Y yo pensaba en las noches estrelladas de aquel mapuche cordillerano y de sus padres y de sus abuelos, que habían vivido en la misma ruka oteando el lago añil. Y pensaba en los chilenos y en los colonos foráneos que, de a poco o de un solo golpe mortal, les habían arrebatado sus tierras. A sangre y fuego les declararon la guerra, porque les molestaba el olor a humo, no soportaban su orgullosa morenidad y no podían tolerar su indianidad.

Entonces simplemente había que someterlos, reducirlos, dividirlos, exterminarlos para que jamás nunca les recordaran al chileno sus raíces de tierra. Pero la tierra se te pega al cuerpo, te entra por la nariz, se te posa en el vientre, te insufla los pulmones, te desordena el pelo y te acaricia la mirada. Y, a pesar de todo, volvemos a ser mapuche, aunque no les guste a algunos y les moleste a otros tantos. Y esos algunos y esos tantos, declaran nuevamente la guerra a muerte contra el pueblo mapuche y lo seguirán haciendo por los siglos de los siglos hasta que la muerte los separe.
La muerte del indio, por cierto, por eso no trepidan en asesinar a mapuche que, en medio de la noche, ven estallar sus sueños de libertad en un explosión de relámpagos con un balazo incrustado en la espalda. Como matan los cobardes, como asesina Carabineros de Chile en nombre del Estado de Derecho y del orden social.

Y esta es la increíble historia de una democracia terrorista que viola impunemente los derechos humanos, porque los mapuche son humanos sin derechos en una sociedad donde tantos hombres y mujeres arriesgaron su familia, su integridad física e incluso sus vidas en la lucha contra la dictadura, para que jamás nunca en Chile se enseñoreara nuevamente el terror. Sin embargo, eso es precisamente lo que acontece en territorio mapuche. En las comunidades los niños viven aterrados por los allanamientos, las golpizas, las amenazas, las detenciones, las muertes. La violencia y odio policiales son omnipresentes, así como la incertidumbre y la imposibilidad de llevar una vida normal mientras el Estado les hace la guerra con helicópteros, tanquetas, bombas lacrimógenas, zorrillos, balines de goma y armamento militar. Al mapuche se le acusa de terrorismo, pero los únicos muertos del supuesto extremismo mapuche, son ¡mapuche! Entonces, uno no puede menos que reflexionar al respecto y preguntarse: ¿No hay aquí algo extraño? ¿No será que el gobierno y los medios de comunicación dominantes no dicen toda la verdad. Y, la verdad son preguntas con respuestas.

Preguntas con respuestas

¿Cómo se puede hablar de terrorismo mapuche en esta última década, cuándo las utilidades de la industria forestal se incrementaron desde 1.800 millones de dólares en 1997 a la sideral suma de 5 mil millones de dólares el 2008?

¿Cómo se puede hablar de caos y de imposibilidad de inversión en la región de la Araucanía cuando las empresas forestales han aumentado la superficie plantada desde 300 mil hectáreas en los años setenta a 2.5 millones de hectáreas en la actualidad?

¿Cómo se puede argumentar que el mapuche no tiene derecho a tierra cuando el Estado chileno, mediante la violenta ocupación militar del territorio mapuche en 1881 le usurpó el 90% de sus tierras?

A la machi Adriana Ancamilla, autoridad religiosa y sanadora mapuche, se le allana en su comunidad José Kiñon, se la golpea y se le humilla, atándola frente a sus hijos y dejándola tirada en el suelo ¿Qué pasaría si los mapuche hicieran lo mismo con el cardenal Francisco Javier Errázuriz y lo dejaran inerte en medio de la Plaza de Armas de Santiago?

En el Alto Bio- Bio construyeron la represa Ralko que inundó un cementerio sagrado pewenche ¿Qué pasaría si los mapuche hicieran lo mismo con el Cementerio general en Santiago?

En Liquiñe y Neltume van a construir cinco represas que destruirán al menos un guillatuwe, lugar sagrado ceremonial mapuche ¿Qué pasaría si los mapuche hicieran lo mismo y destruyeran la catedral de Santiago o cualquier iglesia de Chile?

A Alex Lemun, de tan sólo diecisiete años, lo mataron de un balazo en la cabeza; a Matías Catrileo y Jaime Mendoza los asesinaron por la espalda y argumentando legítima defensa ¿Qué pasaría si los mapuche mataran a policías por la espalda y arguyeran legítima defensa?

Las respuestas son de perogrullo: todo el peso de la ley, de la fuerza y del odio caerían sobre los mapuche, pues en este país hay ciudadanos de primera y segunda categoría y los mapuche son, sin duda, los más excluidos de los excluidos, los más discriminados de los discriminados, los más pobres de los pobres. La verdad es que no hay, ni nunca ha habido, terrorismo mapuche; la verdad es que el Estado está al servicio y es agente activo del modelo neoliberal y el mapuche molesta a las grandes empresas generadoras de energía, a las mineras, a las forestales, entonces simplemente hay que exterminarlos en nombre de la civilización, la modernidad o del mercado. Da lo mismo, por eso inventan aquello del conflicto mapuche que, en rigor, es el conflicto del chileno contra el mapuche.

Por eso, en el pozo de sus ojos azabache, el lonko de Neltume lleva a cuestas el dolor antiguo de su pueblo. Y yo llevo en mi corazón la vergüenza de ser chileno sin tener culpa alguna por los crímenes cometidos por otros. Y, además, me abruma el desconcierto por no entender la increíble historia de esta democracia terrorista que prometió alegría y que sembró violencia.

Tito Tricot
Sociólogo
Director Centro de Estudios de América Latina y el Caribe CEALC
Chile

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Edwin Dimter, el sádico “Príncipe” del Estadio Chile

Publicado parcialmente en:
La Nación (25 mayo 2006)
Hoy se declara “exonerado político” y es jefe de Departamento en la SAFP
Por décadas logró ocultar su identidad, cubierto por el silencio de sus antiguos camaradas de armas. Edwin Dimter Bianchi, audaz protagonista del tanquetazo de junio de 1973, fue “El Príncipe”, el sádico niño bonito del Estadio Chile al que le han imputado la muerte de Víctor Jara. Hoy, se declara exonerado político y ocupa un cargo de confianza en la Superintendencia de AFP.
por Pascale Bonnefoy
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Al “Príncipe” no lo olvidarían jamás los cerca de cinco mil detenidos en el Estadio Chile los días posteriores al golpe militar de 1973. Era alto, rubio, de ojos azules, pelo engominado hacia atrás: un perfecto pije que se paseaba en los pasillos superiores del Estadio como pavo real, siempre balanceando un linchaco, permanentemente amenazando e insultando a los prisioneros.

“¿Me escucha la cloaca marxista? ¿Me oyen los comemierda? ¡Ahora se acabaron los discursos, chuchas de su madre! Ahora van a tener que trabajar. Los que se nieguen a trabajar, los fusilaremos. ¿Me escuchan los vendepatria?”

El oficial, con su vozarrón, no necesitaba usar el micrófono dispuesto en el pasillo del segundo piso del Estadio Chile. “¡Tengo voz de Príncipe!” exclamó ante miles de detenidos. Así, el arrogante teniente de 23 años quedó como el “Príncipe”, y su cara redonda y bonita permanecería grabada en la retina de los prisioneros políticos para siempre.

En las últimas semanas, media docena de ellos ha reconocido a Edwin Dimter como el “Príncipe”, al verlo en persona y a través de fotografías.

“Todos los presos teníamos que mantenernos trotando con las manos en la nuca, mientras avanzábamos hacia un mesón donde Dimter anotaba los nombres de los presos. Mientras estaba en la fila, tenía que aprenderme mi número de carnet antes de llegar al mesón. Saltaba y me memorizaba el RUT. Cuando llegué al mesón, lo miré a él, y recordé mi RUT. Por eso se me grabó su rostro, su cara de ángel, porque fue mirándolo que me aprendí mi RUT por primera vez,” relata Víctor García, entonces estudiante de la UTE recluido en el Estadio.

Así lo ha afirmado también un oficial de Ejército en retiro que conoció a Dimter cuando éste era recién un cadete en la Escuela Militar a mediados de los sesenta, y se lo volvió a encontrar en el Estadio Chile, adonde este oficial había sido enviado a reforzar la guardia exterior.

Y así lo admitió el propio Dimter ante el juez Juan Eduardo Fuentes, quien investiga el asesinato de Víctor Jara en el Estadio Chile. Citado a declarar a mediados de marzo este año, según el abogado Nelson Caucoto, Dimter reconoció ante el magistrado haber estado en el Estadio Chile, aunque no admitió ser el “Príncipe”.

Como Dimter, otros dos protagonistas de la sublevación del Regimiento Blindados N° 2 el 29 de junio de 1973, conocido como el “tanquetazo”, en contra del Presidente Salvador Allende, también fueron citados a declarar y reconocieron haber estado en el Estadio Chile: el teniente coronel Roberto Souper y el teniente Raúl Jofré González.

“Dimter y Jofré fueron los más ‘perros’ en el Estadio. Tenían sangre en el ojo. Venían con mucha odiosidad por haber estado presos. Salen libres el día del golpe y se enfrentan a miles de detenidos, completamente a su merced. El ensañamiento para con los presos se explica por el estado psicológico con que venían,” explicó otro oficial de Ejército en retiro que fue instructor de Dimter en la Escuela Militar, y tuvo reiteradas oportunidades de encontrarse con él en los meses previos al golpe militar.

Dimter había recuperado su libertad recién el 11 de septiembre. Junto a Jofré, había permanecido casi tres meses recluido en la Escuela de Telecomunicaciones del Ejército en Peñalolén debido a su participación en el tanquetazo. Esa mañana, Dimter había dirigido una audaz acción de rescate: irrumpió con un tanque en el Ministerio de Defensa para liberar al capitán Sergio Rocha Aros, detenido a disposición de la justicia militar tras haberse detectado días antes el complot en el mismo regimiento. En la acción fue muerto el sargento Rafael Villena. Unos 15 civiles murieron ese día, entre ellos el corresponsal argentino de la Radio y Televisión de Suecia, Leonardo Henrichsen, quien filmó su propia muerte; Dimter es imputado en la querella criminal interpuesta por sus hijos en octubre pasado en Santiago.

El mismo día del golpe, Dimter retornó a su unidad, y según fuentes militares, él y Jofré fueron inmediatamente enviados en “comisión de servicio” al Estadio Chile, inaugurado como tal sólo cuatro años antes.

Era histriónico, y convirtió al Estadio Chile en su nuevo escenario. “En una ocasión, el Príncipe nos mostró un fusil AK-47 desde el pasillo del segundo piso donde hablaba. ‘Esto lo encontramos en un allanamiento. ¡Con esto nos iban a disparar!’ gritó. Uno de los presos preguntó a quiénes iban a disparar. ‘A estos pechos,’ dijo, y sacó su pecho hacia delante,” cuenta Guillermo Orrego, en la época trabajador de Standard Electric, detenido el 12 de septiembre y enviado al Estadio Chile.

Otro ex detenido, el abogado Boris Navia, entonces funcionario de la UTE, describió al “Príncipe” de esta manera: “Subía y bajaba gritando por las escaleras del Estadio. Aparecía de improviso en cualquier sector alto del estadio y los prisioneros debían hacerle silencio… Era un actor de pacotilla. Llevaba siempre en sus manos un linchaco, y al pasar por las hileras de presos que por horas y horas esperaban con las manos en la nuca para ingresar al Estadio, junto con los insultos, los golpeaba con su linchaco, de preferencia en los testículos”.

“En una de sus arengas –continúa Navia- el Príncipe dijo desde lo alto que no tenía porqué ocultar su rostro a estas mierdas marxistas y teatralmente se sacó los lentes ahumados y el casco, lanzando este último en un ademán histriónico. El casco rodó por las gradas, y dos pelados corrieron a buscarlo. Allí, bajo los reflectores, pudimos ver claramente su pelo rubio, su tez y ojos claros, su cara redonda, sus rasgos finos de niño bonito.”

Fue el “Príncipe”, según ex detenidos, quien ordenó a un soldado matar a culatazos a un obrero cuando el militar tropezó sobre su pierna. Y según testigos, fue quien atormentó y golpeó personalmente a Víctor Jara.

Aunque no se ha establecido judicialmente, el “Príncipe” ha sido sindicado como el que dio muerte al cantante, cuyo cuerpo apareció el 16 de septiembre cerca del Cementerio Metropolitano con 44 impactos de bala, junto a otros cinco ejecutados. Entre ellos, el ex director de Gendarmería, Litré Quiroga, con 38 impactos de bala en el cuerpo.

En diciembre de 2004, el juez Juan Carlos Urrutia procesó al teniente coronel en retiro Mario Manríquez Bravo por el homicidio de Jara, por haber sido el oficial a cargo del Estadio Chile. Sin embargo, aún no se establece quién o quiénes fueron los autores materiales. Numerosos testimonios apuntan al “Príncipe”.

Oriundo de Valdivia y único hombre entre los cinco hijos de Eduino Dimter Sube, descendiente de alemanes que colonizaron el sur chileno, Edwin Dimter Bianchi está emparentado por el lado de su madre, Rosa del Carmen Bianchi Zamora, con el Embajador de Chile en Estados Unidos, Andrés Bianchi Larre, también valdiviano.

En 1969, ya como cadete en la Escuela Militar, Dimter integró un escuadrón blindado junto a otros alumnos que ganarían notoriedad años después: José Gasset Ojeda, quien también participaría en el tanquetazo de 1973; Jorge Acuña Hahn, quien integró la Caravana de la Muerte a Cauquenes en octubre de 1973; y Manuel Provis Carrasco, ex miembro de la Brigada Caupolicán de la DINA, años después, jefe del Batallón de Inteligencia del Ejército, y hoy procesado por el secuestro del químico de la DINA, Eugenio Berríos, y por asociación ilícita en la muerte del coronel Gerardo Huber. El escuadrón lo comandaba el entonces teniente José Zara Holger, ex miembro de la DINA y hoy procesado por el asesinato del general Carlos Prats.

“Conocí a Dimter en la Escuela Militar, cuando él era cadete. Ya entonces todo el mundo le decía ‘el loco Dimter’. Era buen alumno, pero loco. ¡Había que ser un poco loco para meterse con un tanque al Ministerio de Defensa!” afirmó un oficial en retiro.

Dimter egresó el 1 de enero de 1970, al igual que compañeros de promoción como Armando Fernández Larios, Augusto Pinochet Hiriart y Oscar Izurieta Ferrer. Diez días después, el “loco Dimter” viajaría a Panamá junto a más de 100 oficiales chilenos, para recibir un “curso de perfeccionamiento” en la Escuela de las Américas. Dimter tomó el “Curso de Orientación sobre Armas de Combate”, de un mes de duración.

Después de su paso por el Estadio Chile, a comienzos de 1974, Dimter fue enviado a la Escuela de Blindados en Antofagasta. Sin embargo, por razones que aún no se han podido confirmar, fue dado de baja el 31 de diciembre de 1976. Esta baja a destiempo le permitió, y sin duda con algún aval político, postular a los beneficios de la Ley de Exonerados Políticos en febrero de 1999. Fue calificado como tal el 20 de enero del 2000. Se le acreditaron 11 meses, 29 días sin trabajo, por lo que tiene derecho a un abono por esa laguna previsional.

No sería la primera vez que el Programa de Exonerados Políticos del Ministerio del Interior entrega beneficios a criminales. Ya les había pasado con el agente de inteligencia de la Fuerza Aérea, Rafael González Verdugo, procesado por el homicidio en 1973 del estadounidense Charles Horman en el Estadio Nacional, y con el capitán de Carabineros Fernando Chesta Puente, involucrado en la muerte de Sergio Verdugo en 1976.

“A raíz del caso de González Verdugo, nos dimos cuenta que ‘se nos fueron’ unos ocho a nueve casos mal calificados, de militares que postularon como exonerados. A menudo contaron con el aval de un senador que certificaba su calidad de exonerado político. Pero era un proceso poco riguroso,” explicó un funcionario del Programa.

Cuando postuló como “exonerado”, Dimter ya estaba inmerso en el aparato público y en algún momento en el camino, se tituló de contador-auditor. A principios de los ochenta, ingresó al Ministerio de Obras Públicas gracias a los buenos oficios del entonces ministro del ramo, general Bruno Siebert. Después, en 1985, ingresó a la Superintendencia de AFP, escalando posiciones hasta ocupar hoy un cargo de confianza de la Superintendenta Solange Berstein, quien debe conocerlo desde al menos 1994, cuando ella ingresó a trabajar como analista en la División de Estudios de la SAFP.

En su oficina de Jefe del Departamento de Auditoría de Procesos Especiales y Pensiones en el piso 14 del edificio del Ministerio de Trabajo, Dimter no da pistas sobre su vida privada. Sólo tiene un escritorio y un estante con material de trabajo; ninguna fotografía familiar adorna el lugar; ningún libro revela sus intereses. Según testigos, ni siquiera permite que otros le sirvan el café. Él se hace todo solo.

Y no quiere saber nada de sus antiguos compañeros de armas, a quienes les dio la espalda hace años.

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